jueves, 19 de noviembre de 2009

La estación de los jacarandaes

Sabe Aril que la estación de los jacarandaes vestidos de cielo
es el tiempo para esclarecer los vestigios de luna,
los que han quedado atrapados en el polvo que cubre las huellas
abandonadas al desparrame del viento y los caminos,
que se mueven como locos,
huyéndole a los carteles y los cordones de las veredas.
Intuye, tal como le enseñaron los duendes de los cuencos,
que nuevos designios pasarán taimadamente por la noche,
tratando de evadirse de las hadas y otros magos como ella
colgados de la cola de algún cometa.
Otras veces escuchó su risa socarrona desde su ventana
cuando ya era demasiado tarde.
Esta vez se propuso estar más atenta.
Apenas se hizo perceptible el estallido verde de los brotes,
se descubrió de la sombra de su roble amado
y bajo el mandala de la noche celeste, alzó su cabeza y comenzó a mirar.

No demoró mucho en hallar una respuesta.
Los brotes suelen susurrar secretos cuando estallan en primavera,
necesitan ponerlos en el oído de alguien
para desandarse de los sueños del invierno
y cubrir de colores el equinoccio.
Así fue que una vocecita ondulante le golpeó el hombro
y ella se dio vuelta justo cuando una estrella con destellos naranjas
le guiñó el ojo.
Risitas pequeñas como alitas de abeja
se escurrían entre las hebras de la crines del cometa,
lejos estaban ya, antes que pudiera escuchar más.
Permaneció mirando la estrella por un rato.
La vio descender hacia el sur,
coqueta miraba su reflejo frutado en los pétalos del malvón blanco,
el que bullía aromas en el alféizar de la ventana de Ema.
Sin titubeos, Aril montó una de sus nubes de plata,
veloz sobrevoló el bosque y la calle de los paraísos.
Ema, en la terraza sentada,
una pierna hamacándose y esporas deslizándose por sus pestañas,
acariciando sus pupilas violetas.
-Es hora de sacar los cuadernos, Ema- instó el hada
Y así lo hizo…

Mientras tomaban los primeros (o los últimos) matecitos nocturnos,
el cometa las envolvió de luces anilladas.
Le pareció distinguir entre las risitas algo familiares ya,
el aleteo de la mariposa reina y una voz de gorrión
despidiéndose de la terraza y los trazos amarillentos
de los cuadernos dormidos de Ema.



Aril

4 comentarios:

Paco Alonso dijo...

Excelente el post que nos acercas.
Es un placer compartir en tu espacio.

Cálido abrazo

Daniela Tivolesi dijo...

Muchas gracias, Paco!! Serás siempre recibido con cariño
Saludos***

Carina dijo...

Preciosoooo, mas que preciosoooo, me encantóooo!!!! Justo en estos días vengo tomando fots de jacarandaes en distintos barrios... qué lindo lugar la terraza de Ema, que lindo que hayan encontrdo los cuadernos estas chicas... jjeje

Daniela Tivolesi dijo...

Siiii, qué bueno, no? Ya era hora!! jeje